Escapar de la cárcel mormona

Familias mormonas trabajan en el campo. /Jim Urquhart (Reuters)
Familias mormonas trabajan en el campo. / Jim Urquhart (Reuters)

Tara Westover, que vivió una infancia sin colegio ni medicina, rompió con su familia para acabar estudiando en Harvard

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

En Estados Unidos, hay pueblos y ciudades anclados en el siglo XVII. Allí, algunas personas no se han vacunado jamás, se curan las heridas con extraños ungüentos y nunca han probado la Coca-Cola. Y no lo hacen porque sean pobres, sino porque su vida está guiada por una religiosidad extrema que les prohíbe aceptar cualquier adelanto tecnológico, sanitario o vital.

En uno de estos pueblos del Estado de Idaho nació en 1986 Tara Westover, que creció en una familia mormona fundamentalista y no se convirtió en alguien «normal» hasta que se marchó de su casa, contra la voluntad de sus padres, para estudiar en la universidad. Sus vivencias aparecen ahora en el libro 'Una educación' (Lumen).

Durante muchos años, en casa de Westover no tuvieron internet ni televisión, pero ella recuerda que ya se sentía «diferente» al resto de los niños. «Aunque para mí, todo aquello era lo normal», explica. 'Aquello' era recoger chatarra para almacernarla en casa, criar conejos, cuidar caballos... Ni sus hermanos ni ella iban a la escuela y sólo aprendían lo que les enseñaban unos padres apocalípticos que acumulaban todo tipo de utensilios y comida porque pensaban que el fin del mundo estaba a punto de llegar. «Aun así, recuerdo que fui una niña feliz», cuenta.

En Idaho, uno de los lugares más conservadores de Estados Unidos, ninguna institución puede obligar a unos padres a llevar a sus hijos a la escuela. «En teoría, sólo están obligados a dar en casa un nivel educativo similar al de la escuela, pero eso no lo comprueba nadie», apunta Westover. Por eso, su caso no es tan extraño. Ella misma conoce a otras dos familias como la suya, aisladas del mundo.

Pero la diferencia es que ella decidió romper con sus ataduras. Luchó por estudiar porque quería «aprender a cantar» y se matriculó en la Universidad Brighman Youth, en el vecino Estado de Utah, dirigida también por mormones, pero muy lejos de la radicalidad de su familia. Aprendió lo que significaba la palabra 'Holocausto', que tenía que lavarse con jabón o que si un chico le tocaba la mano no se quedaba automáticamente embarazada.

Con la carrera de Arte bajo el brazo viajó a la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido, y en ese entorno, todo cambio definitivamente. Se tomó su primera coca-cola, su primer café y su primera copa de vino. «Entonces no me gustaron. Ahora sí», bromea. En Cambridge consiguió un posgrado y después volvió a Estados Unidos para licenciarse en Historia en Harvard. Atrás dejó a la mitad de su familia, la parte fanática, con la que no tiene ya ninguna relación. «La mayor parte del tiempo, tengo recuerdos felices de mis padres y me entristece haber roto con ello. Pero al principio sentí rabia, y fue la rabia lo que me ayudó a salir de aquella vida», resume. Ahora reside en Nueva York, donde trabaja en un documental sobre la educación rural. «Me gustaría ayudar a encontrar oportunidades a jóvenes que pasaron lo mismo que yo», concluye.

 

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