Las violencias de género tatuadas en la adolescencia

Las violencias de género tatuadas en la adolescencia
Sr. García

Más allá del físico, el maltrato machista es emocional y se expresa verbalmente y con controles sutiles hasta que el agresor estalla y reinicia el ciclo con el perdón y la «luna de miel»

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Ella no supo que vivía una situación de violencia de género hasta que su novio le pegó por primera vez. Ella tenía 17 años y él, uno más; se conocían por vivir en el mismo barrio. La agresión se produjo cuando estaban solos los dos y le dejó marcas en la piel. Puñetazos, patadas, tirones de cabello. Después la llamó y le pidió perdón. Ella volvió con él. Al perdonarle había completado el ciclo de la violencia, que comienza con el enamoramiento y el maltrato emocional, y finaliza con la «luna de miel», que reinicia el circuito. Entre medias, los insultos y los golpes. «La chica había pasado por todas las violencias», asegura Carmen Benito, presidenta de Mujeres Unidas contra el Maltrato (MUM), a cuya asociación acudió la joven, estudiante de instituto, acompañada de su madre, que buscó ayuda por internet.

Su caso es habitual, pero nunca «normal»: en lo que va de año, 653 mujeres menores de edad necesitaron una orden de protección contra un agresor, 14,8% más que el periodo anterior, según el INE. Entre los 18 y 24 años, fueron 4.287 las que obtuvieron medidas cautelares. «Es cierto que las jóvenes cada vez acuden más a pedir ayuda», dice Begoña Moreno, presidenta de la Asociación Mujeres de Opañel. «Indica un mayor conocimiento y sensibilización sobre el tema. El verdadero problema son aquellas jóvenes que no acuden a solicitar ayuda». En el 25% de las denuncias, la relación entre víctimas y denunciados era la de novios o exnovios. Desde 2013, la víctimas mortales de violencia machista menores de edad han sido 27, tres este año.

El primer signo es sutil, bajo la apariencia de preocupación o celos. Un «no te pongas eso» ante un tipo de ropa, o un «no salgas con ésas». «El dominante ordena cuándo llegar e irse de los sitios, y ella acata; impone a dónde ir, cómo vestirse», asegura Antonia Ávalos, directora de Mujeres Supervivientes de Violencias de Género. «Naturalizan el insulto, como si fuera algo de confianza pero es vejatorio. El más utilizado es el de 'guarra' o 'guarrilla'. En su lenguaje significa 'putilla', que es una chica disponible sexual y simbólicamente para otros. El chico le dice 'guarra' a su pareja por la forma de vestirse, por ejemplo: 'pareces una guarrilla'; o para referirse a sus amistades: 'gracias a mí no te juntas con otras guarras' y la priva así de la posibilidad de ejercer su libertad sexual».

Control y omisión

El móvil es una herramienta más de control sobre las jóvenes. El maltratador utiliza todo lo que tiene a su alcance para manipular y agredir; invade cualquier área de socialización, desde plazas hasta redes sociales; exige las contraseñas de los perfiles privados; revisa el historial y los mensajes. Puede llegar, incluso, a hacerse pasar por su pareja en los chat o en las comunicaciones. El 21% de las mujeres entre 16 y 19 años han sufrido «violencia de control», superior a la media de 9,6% de las demás mujeres; el 28% han sufrido control abusivo a través del móvil y un 5% ha sido objeto de las «pruebas de amor» -intercambio fotos de carácter sexual-, según datos del Ministerio del Interior en 2015.

Las violencias son variadas, en diferentes grados de intensidad. «La emocional es verbal y desprecia las capacidades y cualidades; el maltratador la llama 'gorda, fea, tonta, no sabes hacer nada bien', lo que incide en la autoestima», expone Ávalos. «En la física no necesariamente son golpes. Es frecuente que les tire del hombro, el pelo o el brazo para dirigir su cuerpo hacia alguna parte. Como un títere. No es una agresión evidente pero hace presión suficiente para demostrar quién tiene el poder».

En las edades más tempranas es común que las mujeres que sufren maltrato emocional, sin llegar a la agresión física, nieguen ser víctimas de violencia machista. «¿Yo? ¿Víctima de maltrato? No es el caso», responde una joven chica de cabello largo y zapatillas blancas, que acudió a una de estas asociaciones. Uno de cada tres jóvenes considera inevitable o aceptable en algunas circunstancias «controlar los horarios de la pareja», «impedir a la pareja que vea a su familia o amistades» o «no permitir que la pareja trabaje o estudie», según el informe 'La violencia de género en datos', de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, de 2017. «Mejor así, que no se considere víctima», dice la 'superviviente' que la atendió.

Los episodios se intentan enterrar en el fondo del baúl de la vida. Ya sea porque evitan considerarse víctimas, o temen incitar al varón agresor con el que comparten calles y amistades, o prefieren suprimir el testimonio. «Supone, en algunos casos, la reexperimentación psicológica de lo vivido, que habría que intentar evitar», mantiene Moreno. «La violencia de género supone una situación traumática con la que se aprende a convivir. Nunca se olvida».

Joven y tóxico

En este caso de la joven de 17 años agredida por su pareja y socorrida en la sede madrileña de MUM, el ciclo demoró en completarse nueve meses. «En un corto tiempo pasó del psicológico al físico», recuerda Benito, también 'superviviente', que apoyó a la chica. «Ella se asustó cuando empezó a pegarle y se lo contó a su madre, pero era incapaz de salir de la situación. Volvió con él. A veces la víctima piensa que ha sido sólo una vez, que no volverá a pasar, que el hombre puede cambiar. En este caso, ella volvió con él tres o cuatro veces. Decía que era incapaz de dejar de verle. Le daba miedo que la llamara por teléfono porque, si hablaban, volvería con él. Estaba enganchada a esta relación tóxica. Negó toda la parte de maltrato psicológico».

La juventud del maltratador, como en este caso, de la misma edad aproximada de la víctima, tampoco es inusual. El año pasado 127 hombres menores de 18 años fueron denunciados por violencia de género, el tramo en el que hubo mayor aumento (18,7%, con respecto a 2016); y 2.975 de los denunciados tenían entre 18 y 24 años. «El maltratador se da perfecta cuenta de lo que hace, con 18 años y con diez», asegura Benito. «Lo han normalizado con sus familias, en el instituto, en los mensajes de las canciones y la televisión. No son locos ni tontos. Son machistas, que cosifican a la mujer, que consideran algo de su propiedad, como un mueble o coche. Sólo se corrige de raíz, desde la infancia».

En la escuela secundaria se comienza a alertar sobre los comportamientos dañinos, que pueden aparentar normalidad y que establecen un circuito que se reinicia una y otra vez, y del que la víctima difícilmente escapa por sí misma. Se encuentra aislada, controlada, dominada y sometida a la violencia. «Para cuando la agresión física se presenta, ya se ha establecido un patrón de abuso emocional y a veces sexual», dice un folleto que se entrega en las jornadas con adolescentes. Las «señales» son los celos, la invasión del espacio personal, el aislamiento, la desconfianza, el chantaje, la falta de respeto y la humillación.

El 90% de las mujeres que consiguen empezar con la terapia no vuelven con el maltratador, según datos de MUM. En estas asociaciones, gestionadas por otras mujeres que han salido de la situación de maltrato, se les refuerza la autoestima, se les conduce a reconocer la violencia en todas sus manifestaciones, se les conmina a retirar el contacto hasta que sea nulo. No siempre se aconseja denunciar o acudir a tribunales. «Nunca decimos 've y denuncia' porque supone más riesgo, ya que los jueces pueden decir que no hay indicios o no conceder medidas cautelares. En una denuncia nocturna, por ejemplo, todo se juzgará por lo que dice ese papel, sin importar lo que ha sucedido durante diez años», puntualiza Benito. «Para una mujer sola, lo mejor es marcharse, desaparecer. Sólo cuando hay hijos sí es conveniente judicializar el caso, y hacerlo con un abogado experto». Las mujeres que a pie de calle luchan contra la violencia machista coinciden en que la prioridad debe ser la víctima y no la denuncia. «Lo importante es garantizar todo lo posible, tanto judicial como socialmente, la protección de la víctima», señala Moreno. «Para ello es importante respetar sus tiempos y su autodeterminación».

La víctima que sufrió violencia de género a los 17 años logró salir del circuito de la violencia. Nunca denunció. Ahora estudia una carrera en la universidad y no ha vuelto a hablar con el maltratador.

 

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