Golpe de efecto de Macron para salvar la cumbre

Posado en Biarritz. / EP

El G-7 acoge con esperanza la llegada por sorpresa del titular de Exteriores, Javad Zarif, que se reunió con el presidente francés, pero no con el estadounidense

PAULA ROSASBiarritz (Francia)

Un invitado sorpresa puso patas arriba este domingo la cumbre del G-7 en Biarritz y a la vez dio sentido a un encuentro que rara vez consigue ser eficaz a la hora de resolver las crisis internacionales. El ministro de Exteriores iraní, Javad Zarif, aterrizó a primera hora de la tarde en el aeropuerto de la ciudad vascofrancesa para mantener una reunión con su homólogo francés, Jean-Yves Le Drian sobre la salida de la crisis nuclear. Pero el programa fue más allá y el jefe de la diplomacia iraní se reunió durante media hora con el presidente francés, sin que trascendiera el contenido de la conversación. «El camino por delante es largo, pero vale la pena intentarlo», escribió horas más tarde Zarif en su cuenta de Twitter.

Un golpe de efecto de Macron, empeñado en que la cumbre, pese a las profundas diferencias de los miembros del G-7, produzca algún fruto. Zarif es objeto de sanciones por parte de Estados Unidos desde el pasado mes de julio, y el portavoz diplomático iraní, Abbas Mousavi, confirmaba ayer que no tendría contacto alguno con la delegación americana que, a diferencia de los europeos, no lo considera un interlocutor válido. La duda planeaba sin embargo sobre si la decisión de invitar a Zarif, aunque fuera al margen del G-7, se había tomado en connivencia con los estadounidenses, y hacía temer un nuevo desaire de Trump, que ha amenazado en numerosas ocasiones con bombardear el país asiático.

Según fuentes del Elíseo, la decisión se tomó después de la cena que el sábado mantuvieron los líderes de la potencias industrializadas, donde consiguieron llegar a «puntos de convergencia» sobre el asunto. Los franceses dieron a entender que la información sobre la visita había circulado por las delegaciones y que habían trabajado «con total transparencia con sus socios americanos».

Trump ha asegurado que no le sorprendió que Francia invitara a Zarif. «Sabía que venía», ha afirmado, porque «el presidente Macron pidió mi aprobación». Sin embargo, ha dicho que no quiso reunirse con su homólogo iraní porque era demasiado pronto para un encuentro de ese tipo.

«Sabía que venía y respeté el hecho de que viniera. Y estamos deseando hacer a Irán rico de nuevo, que sean ricos, que les vaya bien, si quieren», ha proseguido el mandatario estadounidense. «O pueden ser todo lo pobres que puedan», ha añadido, considerando que «no es aceptable el modo en el que se ven obligados a vivir en Irán».

La noticia de la inesperada visita saltaba gracias a la página de seguimiento de vuelos Flight Radar 24, donde se apreciaba que un avión oficial iraní había aterrizado en el aeropuerto de Biarritz, cerrado desde el pasado jueves por la cumbre, desatando una oleada de especulaciones en la sala de prensa del G-7. ¿Habría conseguido Macron lo imposible, sentar a la mesa a Trump y a los iraníes? No irían tan lejos las dotes diplomáticas del francés, aunque la jugada ha sido, sin duda, una pequeña victoria suya.

Estados Unidos abandonó el año pasado el acuerdo nuclear iraní, un pacto firmado en 2015 por su antecesor, Barack Obama, y en el que las potencias del Consejo de Seguridad de la ONU habían trabajado durante años para frenar el acceso de Irán a las armas nucleares. Desde entonces, Washington ha vuelto a imponer sanciones económicas a su archienemigo asiático y, en revancha, Teherán enriquece desde hace unos meses uranio por encima de los niveles permitidos por el acuerdo. El resto de firmantes del tratado, la UE, China y Rusia batallan para impedir que acabe saltando por los aires.

Francia lleva meses intentado aplacar las tensiones en la región -donde Teherán capturó en julio a dos petroleros británicos en el estrecho de Ormuz- y el viernes pasado el presidente Macron ya se reunió con Zarif en París. Por el momento, Francia no espera sentar en la mesa a estadounidenses e iraníes, pero sí busca que se relaje la crispación y se creen las condiciones necesarias para retomar el diálogo.

La crisis nuclear iraní había sido desde el principio uno de los asuntos en el menú de la cumbre y, pese a las discrepancias, Macron aseguró ayer que los 7 dirigentes (EE UU, Francia, Reino Unido, Canadá, Japón, Italia y Alemania) habían conseguido ponerse de acuerdo en al menos dos puntos: que Teherán no puede conseguir el arma nuclear y que la prioridad debe ser mantener la estabilidad en la región.

Un pequeño rifirrafe se había producido por la mañana cuando una fuente del Elíseo aseguró que Macron había recibido un mandato del G-7 para mediar en la crisis, noticia que fue rápidamente desmentida por Trump y posteriormente matizada por el presidente galo. Macron reconoció que el G-7 es una reunión de líderes en la que no hay una organización formal y que, por lo tanto, su iniciativa es una más entre otras que han podido surgir en el seno del grupo, como la de Japón, que también ha intentado, por ahora sin demasiado éxito, hacer de interlocutor en la crisis. Aunque el primer ministro, Shinzo Abe, también logró ayer su propio triunfo en la cumbre y anunció, junto al jefe de la Casa Blanca, un acuerdo comercial bilateral sobre agroalimentación, industria y comercio digital.