La diócesis valora el «legado» de los eclesiásticos que desaparecerán del callejero

Los nombres de tres eclesiásticos desaparecerán del callejero burgalés/BC
Los nombres de tres eclesiásticos desaparecerán del callejero burgalés / BC

La diócesis no se opone al cumplimiento de la Ley de la Memoria Histórica, pero considera que la memoria de Manuel de Castro, Luciano Pérez Platero y Fray Justo Pérez de Urbel ha de estar contextualizada

Gabriel de la Iglesia
GABRIEL DE LA IGLESIABurgos

La aprobación del proceso para modificar el nombre de algunas calles de la ciudad ha generado polémica. Casi nadie esperaba lo contrario. Y es que, en los últimos meses han sido muchas las voces que se han sumado al debate de una iniciativa impulsada para cumplir fielmente la Ley de la Memoria Histórica. La última de ellas ha sido la de la diócesis de Burgos, que sin oponerse al cambio de nombres, sí ha querido puntualizar algunos aspectos.

No en vano, tres de las figuras puestas en cuestión dentro del callejero burgalés fueron mimebros del clero, y a pesar de estar vinculados de una manera u otra al golpe militar de 1936 y a la posterior dictadura, también aportaron un gran «legado» a la ciudad.

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Es el caso de los arzobispos Manuel de Castro y Luciano Pérez Platero, así como Fray Justo Pérez de Urbel. Respecto a los dos primeros, arzobispos de la diócesis de Burgos, el informe sobre el que se asienta la decisión del Ayuntamiento argumenta la abolición de sus calles por haber firmado la Carta Colectiva del Episcopado Español el 1 julio de 1937, con la que los prelados del país se posicionaron a favor del golpe de estado del general Franco. Sobre Fray Justo, se subraya haber sido el primer abad del Valle de los Caídos, «máxima expresión de la exaltación de la guerra y la dictadura», según los expertos.

«Es legítimo cambiar el nombre a algunas calles, especialmente si incumplen algunas de las leyes vigentes», destaca el vicario general de la diócesis. No obstante, Fernando García Cadiñanos considera que «es importante, a la hora de tomar esta decisión, contextualizar la época que vivieron para no faltar al anacronismo que nosotros podemos proyectar, especialmente en la firma de la Carta Colectiva del Episcopado Español, que todos los obispos firmaron». Subraya que «la perfección total no existe» para que alguien pueda recibir una calle con todas las garantías morales.

Por ello,y sin oponerse a que se cumpla la legalidad vigente, la diócesis quiere destacar el legado que estos tres hombres hicieron en beneficio de la ciudad y la provincia, «evitando reducir toda su actuación a la firma de una carta colectiva que muchos obispos se vieron obligados a suscribir ante la persecución religiosa que surgió a comienzos del siglo pasado».

Figuras

Así, Manuel de Castro fue arzobispo de 1928 a 1944, época muy convulsa de la historia de España. Considerado monárquico, «se esforzó en el mantenimiento del patrimonio de la provincia, con el asentamiento de órdenes monásticas en San Pedro Cardeña y Bujedo y la instalación del Museo Catedralicio», explican desde la diócesis.

Asimismo, añaden, «mantuvo un trato cercano y familiar con las autoridades civiles y militares de todos los regímenes. Especialmente reivindicó la legitimidad de las autoridades de la República». Organizó el Seminario Nacional de Misiones Extranjeras, por el que Burgos sería mundialmente conocido, y afrontó el sostenimiento de culto y clero. Organizó y sostuvo obras de caridad como la Casa de Venerables, la Tómbola de San Juan o el patronato de la Visitación de Saldaña que dio cobijo a muchos niños y pobres.

Por su parte, Luciano Pérez Platero sucedió a De Castro, siendo arzobispo entre 1944 y 1963. Según indican desde el Arzobispado, «se volcó con los pueblos de la diócesis y en la construcción de infinidad de casas parroquiales. Gracias a sus gestiones y al envío de sacerdotes para la formación, la Facultad de Teología tuvo su sede en Burgos y fue la primera Facultad Eclesiástica de España tras el Vaticano II. Propició la permuta del abandonado cementerio de las laderas del castillo por la calle Asunción de Nuestra Señora y posibilitó la construcción de un nuevo Seminario Mayor en el cerro de San Miguel. Amplió el Seminario Menor y mantuvo las precepturías de Arija y Escalada, que permitieron estudios a muchos niños del mundo rural, a coste prácticamente cero para las familias».

Finalmente, Fray Justo Pérez de Urbel, que tomó el hábito benedictino en Santo Domingo de Silos, fue el primer abad del Valle de los Caídos. En este sentido, desde la diócesis señalan que «puede ser considerado un referente en la Historia Medieval», ya que «fue el primero en estudiarla en el contexto hispano, abriendo camino en estas materias para generaciones futuras».

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