Alegría y rebelión en el río púrpura

Vista general de la marcha feminista celebrada en Madrid./
Vista general de la marcha feminista celebrada en Madrid.
8-M

Unos 350.000 asistentes toman por segundo año consecutivo el centro de Madrid para reclamar una igualdad real | Mujeres de todas las edades nutrieron la manifestación con carteles manuscritos y crearon un clima propicio para la liberación de las más jóvenes

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Alumbra un sol moribundo sobre la estación de trenes de Atocha, uno de los lugares que sirven de eje a la llegada de miles de manifestantes, como Inés Arrimadas, que a las seis de la tarde se acerca por el Paseo de la Infanta Isabel con tres acompañantes. Lo único que llama la atención es su abrigo rojo. Unos metros más allá, en la rotonda, el raudal de gente crece como una riada después de la lluvia. Enfrente del semáforo de la Plaza del Reina Sofía, donde todavía queda rastro de la concentración de la mañana, hay una pareja de veinteañeros que destaca entre la multitud. Más que ellos dos, chica y chico, su cartel. Entre tantos violetas de frases reivindicativas, como «Cabrea más una mujer liberada que una asesinada» o «Qué loca la idea de que tú y yo somos iguales», el suyo dice: «Si el amor no aprieta no es de tu talla». El fondo es blanco pero parece luminoso de tanto que desentona. Lo sostiene él, aunque sin levantarlo del suelo. Allí, en medio de la manifestación, entre cientos de personas de todas las edades, 350.000 según cálculos del Ministerio del Interior, dispuestas a luchar contra el machismo de diversas formas, el chico reconoce haber ejercido una forma de violencia sutil contra ella, una de esas formas de maltrato de las que tanto alertan las mujeres supervivientes a las más jóvenes:

-Soy un egoísta y en el momento no me daba cuenta de lo que hacías por mí -dice él.

Un gran barullo interrumpe la lamentación del hombre. Es un grupo de unas cincuenta chicas de lozanía colegial que marcha en prieta formación con un cántico, «El patriarcado va a caer», y una coreografía, que las hace bajar y subir mientras avanzan. Caras pintadas con labial morado, con el «8M», «No es no» y el símbolo de hembra, junto a rayas y puntos. Más allá, una niña pregunta: mamá, ¿me puedes hacer un ocho aquí?, y se señala la frente. La pareja espera a que sigan, y ella pasa a otro punto en su larga lista de quejas. Le recuerda cuando se tiñó el pelo de azul y lo colgó en Instagram. No tiene que decir nada más. Él parece saber a qué se refiere:

-Le daba importancia a lo que... -intenta excusar.

-No es cuestión de importancia. Es de sentimientos -sentencia ella.

El Paseo del Prado es ya un río de cincuenta metros de anchura y de orilla a orilla no hay espacio libre. «Estamos aquí para apoyar la igualdad», mantiene Eva, de 15 años. «Falta mucho por hacer, joder. Por ejemplo, el salario». «En los deportes se le da más prestigio a los hombres que a las mujeres», interviene Pilar, de la misma edad. «O el uniforme del colegio». Faltan unos minutos para las siete y todavía es momento de reunión. Aquí y allá, las mujeres se esperan, algunas agrupadas en el suelo, otras hablando por el móvil y buscando alguna señal a lo lejos. Batucada, tambor, pitos y cánticos. Unas enfermeras componen su reclamo con la música de David Civera y las «mujeres rurales» hacen algo parecido con Rafaela Carrá.

Madrid era una fiesta

Una mujer sostiene un cartelito manuscrito: «Hace años por mí y hoy por mis nietas». Pide que le hagan una foto. «El cambio es que hoy estamos aquí tan a gusto y antes corríamos de la policía», dice María Rosa, de 71 años. «Hemos avanzado en muchos años de concienciación, pero ahora vamos hacia atrás con lo de las redes sociales». Montse, de 65, asiente. «No éramos libres de hacer lo que queríamos, yo tuve que pedir permiso a mi familia para salir hasta el día antes de casarme».

Delante van unas jóvenes. Su pancarta: «Porque mis logros valgan más que mi peinado», también en rotulador.

-Lucy, Lucy.

-¡Hermana!

-¡Haznos una foto!

Fiesta. El escenario es perfecto para la liberación, es decir, para romper con el maltratador. No para perdonarle, y menos cuando más que perdón, pide comprensión. El chico de la pancarta de la «talla del amor», decorada además con una cinta de costurera, prosigue su exhortación:

-Yo era peor de pequeño... Pero tengo la mente abierta. Me gusta aprender de las cosas y mejorar... -insiste él. Ella, sin embargo, no se muestra dispuesta a ceder. Hoy, el ambiente la protege. Ella es libre de rebelarse.

El verbo del hombre irredento es arrastrado por el río cuyas crestas son de carteles, la mayoría de cartón, hechos en casa, sin la manufactura industrial de los que portan los sindicatos. La proporción de mujeres y hombres es de diez de ellas por cada uno de ellos. ¿Faltan hombres en esta revolución? «El protagonismo y la visibilidad tiene que ser de la mujer», explica Gabriela, que concluye el 'fachitour' de la Plataforma Bollera. «No nos pueden decir qué feminismo tenemos que hacer». La manifestación avanza a una velocidad de 90 personas por minuto, en cada una de sus corrientes y son decenas una al lado de otra. Un río de columnas humanas. De los hombres presentes, la mayoría es de mediana edad. Van con sus hijos. Sobre todo, con sus hijas. Jóvenes -hombres- hay pocos. «Sí tendrían que estar, porque ellos también tienen que fomentar y exigir la igualdad», opina Evelyn casi en Cibeles.

En cambio, las jóvenes -mujeres- ocupan una gran proporción de los asistentes, notables en grupos numerosos. Entre ellas, mujeres mayores, algunas incluso solas. «¡Valiente!», le grita una a otra de su misma edad que va con bastón, cuando se cruzan. En ese momento, el movimiento del río ya es imparable y no admite resistencia.

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